EE.UU e IRAK, Tom y Jerry

La guerra a Irak es como mínimo inconducente, especialmente si se jacta de preventiva, pero principalmente al jactarse de sociedad abierta y modelo occidental. Es que el definitivo campo de batalla de toda guerra actual es  la mente de actores y  espectadores. Toda conflagración culmina allí. Más todavía, por tratarse de violencia terrorista, pretender una ofensiva militar tradicional es impertinente.  

            Sin embargo, Bush  insiste en bombardear al terrorismo. Así, al no saber resolver el doble dilema de ¿Cómo responder al terrorismo sin hacerlo militarmente? y, ¿Cómo forzar al debate sin parecer débil?, Norteamérica perdió su  inicial ventaja de aparecer como víctima; ahora la victoria final se aleja renuente.

            Un cuantioso poder no basta para la victoria, no para la victoria política. Se puede ganar las batallas militarmente y perder el caso. En ese supuesto,  salvo exterminación total, el enemigo estará conduciendo las acciones. La peripecia en cuestión hace difícil la aniquilación a lo Cartago.  

            Además el fenómeno de la comunicación  jugará censurando su superioridad, resaltará la injusticia. Si, en nombre de una prevención razonable, se pretende  justificar el homicidio, estamos frente a un teorema perverso, una ingeniería del crimen. Y aunque todo crimen sea repudiable, entre un crimen burocrático y uno pasional, el último cuenta con el barniz de humanidad que le da su origen sentimental. Además, los medios de comunicación, en las epopeyas, optan instintivamente por el más débil; máxime si es bravo.

            La lógica de la guerrilla y el terrorismo manda: “Mientras EEUU no gane, está perdiendo”. Mientras la violencia terrorista no haya perdido, Sadam se jerarquiza y Bin Laden sigue ganando. Si Bush hubiera presentado la agresión terrorista como una afrenta a la humanidad (no a su país), habría obtenido unánime apoyo; pero se dejó tentar por un desplante nacionalista. No se equivoque con la reacción inmediata: El nacionalismo a corto plazo es seguro, porque obtiene respaldo interno inmediato. Pero después…como los disidentes convocan marchas…, Bush deberá comenzar a cuidarse hasta de su retaguardia.  

            La acción militar con el  tiempo mostrará más muertos. El campo del conflicto trascenderá al territorio iraquí, a Hussein y al propio Irak,  buscará la conciencia de sus actores y finalmente la de los espectadores. El triunfo será político, o derrota.

            Mientras tanto, Israel y Palestina –emperrados- cumplen los sueños de Bin Laden. En otra circunstancia análoga, Blair entendió el proceso irlandés, se dijo: “Prefiero cualquier negociación, con sus contramarchas e incertidumbres, a ninguna negociación; el espacio vacío lo llenan los asesinos favoreciendo al terrorismo”. Si Sadam tenía armas ilegales, debió constatarlo la ONU. Encontrarlas hoy desembocará en inevitables recusaciones y desmentidos.

 Si Busch supuso que los iraquíes vitorearían la invasión, desconoció que esos pueblos rodeados de aridez e historia, sólo cuentan con la fe. No se domestica a un pueblo con el látigo, eso doma a medias. No hay  conquista verdadera puramente militar. Sólo la cultura define la calidad de las sociedades; sopesando costo – beneficio,  conviene la conquista cultural.

            Rehusarse a pagar costos a cambio de una notable superioridad, es equivocarse; el deseo de poder hegemónico no es gratuito. La Unión Europea lo percibió; tomó distancia con Afganistán y se opuso con Irak.

            Roma sumaba los dioses conquistados. Sólo la Roma decadente confió el imperio exclusivamente a la legión. Bush sólo concede, como llave al paraíso imperial, la economía de mercado y una tecnología de muerte precisa que supuestamente esquiva blancos civiles. ¿Y el progreso? ¿Cuál es la cultura alternativa?  La verdadera conquista occidental sería promover sutilmente el abandono del régimen teocrático, consolidado  con su omisión culposa en pro de intereses petroleros. Debería inducir  la  división entre Iglesia y Estado;  occidente creció cuando separó filosofía de teología: “al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”.

            El campo de batalla del conflicto es el mundo. En Argelia los terroristas asesinaron 17.000 franceses, los franceses ejecutaron 150.000 argelinos rebeldes; Argelia venció, fue de los argelinos. Contando caídos, ganó Francia, sin embargo el vencedor militar perdió. El conflicto terrorista es político. Giap,  vencedor de Francia y EEUU en Indochina y Vietnam, decía: “el general que no sabe que la guerra  siempre es política, es un chapucero”.

            Solo se le  gana al terrorismo revolucionario  quitándoles sus banderas. Nunca mejor estimado el terrorismo en la bolsa de valores de la opinión pública que cuando el estado de derecho abandona sus “procedimientos” de atarse a la ley.  La paradoja occidental es ser vulnerable precisamente con motivo de sus valores. El mundo occidental está contenido y simultáneamente preso de una tradición moral que lo obliga, como no a su oponente.  Mediante una suerte de “yudo psicológico”, los fundamentalismos se aprovecharon de las democracias liberales: Lenín y Stalin perpetraron atrocidades contra la clase enemiga,  Hitler cumpliendo su destino ario y  Alá aniquilando infieles. Occidente tiene inhibidos esos modos,  sabe que son barbarie, no importa que el fin buscado sea encomiable. Esa es su debilidad, pero también su fortaleza. La “república imperial” – como han dado en llamar a EEUU – es una contradicción en sus términos. En una república verdadera no puede prosperar ningún emperador. Lo dificultan los resortes constitucionales y el derecho a la información vigente en el sistema republicano.

Cuando los franceses perdieron  Argelia e Indochina, y Norteamérica en Vietnam, no perdieron la guerra de las armas, sino la de la conciencia y la opinión pública. Salvo que los intereses petroleros sean tan redituables que las ideas sucumban ante la materia. En tal caso aparentemente Marx le habría ganado la pulseada a Hegel.

 UNO

17-04-2003

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